Los invitamos a leer la maravillosa homilía de Fray Juan David Correa, en la Misa de miércoles de ceniza en la Santoto Villavo
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Vivimos en la era de los filtros de Instagram. Todos mostramos la foto perfecta, el momento feliz, el plato de comida bonito. Nadie muestra el berrinche, la nota baja, la discusión con los papás, o esa cosa fea que hicimos y que nadie sabe.
Y cuando pensamos en los santos, a veces los ponemos en ese pedestal de filtro perfecto. "Ellos sí eran santos de verdad, yo nunca voy a llegar a eso".
Pero aquí viene la primera verdad liberadora de la Cuaresma: Todo santo tiene un pasado.
San Pedro era un impulsivo que negó a Jesús por miedo. San Pablo persiguió y aprobó la muerte de los primeros cristianos, San Agustín tuvo un pasado de desenfreno y Santa Teresita del Niño Jesús luchó contra una sensibilidad enfermiza y el desánimo. Es decir, en algún momento de su vida, los santos sucumbieron ante su fragilidad. Sin embargo, hoy los vemos como santos porque no se quedaron ahí, sino que más bien supieron recorrer el camino desde la ceniza hasta convertirse en suculentas, capaces de resistir y sobrevivir a las tormentas.


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Almacenar perdón: Estos 40 días de la Cuaresma son una invitación a almacenar el "agua" del sacramento de la confesión; agua que les va a dar vida cuando el calor de la culpa los quiera achicharrar.
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Almacenar solidaridad: El ayuno y la limosna no son dietas ni donaciones aburridas. Son vaciarnos de nuestro egoísmo para llenarnos de los demás.
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Almacenar oración: No se trata de solo rezos de memoria, sino conversaciones con Dios.

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No debemos temer a las cicatrices. Son las marcas de nuestras tormentas. Convirtámoslas en parte de nuestra historia de salvación.
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Preparémonos para la sequía. nuestro presente, con todo lo que nos falta, con nuestros pecados y luchas, no es un punto final. Es una hoja que puede echar raíces nuevas. Usemos estos 40 días para almacenar oración, perdón y buenas acciones.
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Creamos en nuestro futuro. Por muy fea o rota que estén nuestras hojas, en la tierra del amor de Dios, siempre hay espacio para una nueva raíz.




